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Esta semana avanzó un cambio importante para el mercado inmobiliario chileno: el Congreso despachó la ampliación del subsidio a la tasa de interés hipotecaria, que busca elevar desde 4.000 a 6.000 UF el valor máximo de las viviendas que pueden acceder al beneficio.
Pero antes de entrar en lo interesante, una precisión importante:
al 12 de agosto de 2026, el nuevo límite de 6.000 UF todavía no corresponde tratarlo como un beneficio operativo.
El proyecto fue aprobado y despachado, pero una cosa es la aprobación legislativa y otra que las nuevas condiciones estén efectivamente implementadas y disponibles para solicitar.
Y esa diferencia importa, especialmente cuando hablamos de información que puede influir en una decisión de compra.
El proyecto contempla tres modificaciones relevantes:
elevar de 4.000 a 6.000 UF el valor máximo de las viviendas nuevas que podrían acceder al beneficio;
sumar 30.000 nuevos cupos, llegando a un total de 80.000;
extender el programa hasta el 31 de mayo de 2028.
En simple, no se está creando un subsidio exclusivo para viviendas entre 4.000 y 6.000 UF.
Lo que cambia es el techo.
Por eso, el tramo entre 4.000 y 6.000 UF representa el nuevo segmento que se incorporaría.
Porque al buscar una propiedad no basta con mirar su precio.
Dos viviendas que cuestan lo mismo pueden implicar esfuerzos financieros distintos dependiendo de la tasa, el pie, el porcentaje financiado y las condiciones del crédito.
Si la ampliación entra efectivamente en funcionamiento, un mayor número de viviendas nuevas podría ofrecer condiciones de financiamiento más atractivas para determinados compradores.
Hasta ahí, la lectura parece evidente.
Pero hay una segunda consecuencia que me parece bastante más interesante.
Porque el comprador no necesariamente separa ambos mercados.
Puede visitar un departamento usado durante la mañana y, ese mismo día, cotizar un proyecto nuevo cercano.
Y probablemente no esté pensando:
“quiero usado” o “quiero nuevo”.
La pregunta suele ser bastante más simple:
Ahí la comparación deja de ser solamente precio contra precio.
También entran:
dividendo;
pie;
superficie;
ubicación;
estado de la propiedad;
gastos comunes;
estacionamiento y bodega;
distribución;
fecha de entrega;
beneficios comerciales;
y calidad de vida en el sector.
Eso no significa que una propiedad usada deje de ser competitiva.
De hecho, muchas veces puede ofrecer ventajas difíciles de encontrar en un proyecto nuevo: más metros cuadrados, mejores distribuciones, barrios consolidados, menor densidad, terrazas más amplias o una mejor relación entre precio y ubicación.
El punto es otro:
el propietario necesita entender contra qué está compitiendo realmente.
Cuando alguien quiere vender, lo habitual es revisar cuánto están pidiendo por propiedades similares en el mismo edificio o sector.
Es necesario hacerlo.
Pero puede no ser suficiente.
Imaginemos un departamento usado publicado en 5.000 UF.
Quizás otros departamentos del sector están entre 4.800 y 5.200 UF y, mirando solamente esos avisos, el precio parece razonable.
Pero si el comprador con ese mismo presupuesto también puede cotizar proyectos nuevos cercanos con determinadas facilidades de financiamiento, esas propiedades también forman parte de la competencia.
Aunque sean distintas.
Aunque estén en otro edificio.
Porque compiten por la misma decisión.
Y esa es una diferencia importante cuando se analiza correctamente un precio de salida.
No necesariamente.
Sería una conclusión demasiado rápida.
Esta noticia no permite afirmar que las propiedades usadas deban bajar de precio ni que perderán competitividad.
Lo que sí obliga a hacer es mirar mejor el mercado antes de fijar una estrategia.
Antes de modificar un precio conviene responder algunas preguntas:
¿Quién es el comprador probable de esta propiedad?
¿Qué otras alternativas tiene con el mismo presupuesto?
¿Qué ventajas concretas ofrece esta vivienda?
¿Estamos mostrando bien esas ventajas?
¿El precio hace que esa propuesta de valor tenga sentido frente a la competencia?
Recién después tiene sentido hablar de ajustes.
Una propiedad usada puede tener atributos muy potentes.
Puede estar mejor ubicada.
Tener más superficie.
Una distribución más funcional.
Menores gastos.
Un estacionamiento más cómodo.
Un barrio consolidado.
O simplemente entregar más valor por el mismo presupuesto.
Por eso la discusión no debería ser “nuevo versus usado”.
La pregunta interesante es:
Y para quien está vendiendo aparece otra igual de importante:
La ampliación del subsidio hipotecario tiene una lectura evidente para quien busca una vivienda nueva.
Pero también deja una señal para quienes venden propiedades usadas.
Las condiciones de financiamiento también forman parte de la competencia.
Mientras más alternativas tenga un comprador, más importante será que una propiedad salga al mercado correctamente posicionada.
No necesariamente más barata.
Mejor entendida. Mejor presentada. Mejor comparada. Y con un precio coherente con lo que ese comprador puede elegir.
Por eso, antes de definir cuánto pedir por una propiedad, hay una pregunta que vale la pena hacerse:
A veces el comparable más importante no está en el edificio de al lado.
Está en la decisión que tiene delante el comprador.